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HACIENDA CHAPINGO

Rectoria

Manuel González: la pasión de un Presidente (la Hacienda de Chapingo)
(Enviado por Rogelio Posadas del Río y Carlos Morales Topete)
Jueves, 24 de Agosto de 2006

Autor: Alejandro Rosas / Historiador.

La historia de la hacienda de Chapingo se remonta a finales del siglo XVII. El dueño original fue un español de nombre Antonio de Medina y Picazzo que la mantuvo nueve años y luego la vendió. La extensa propiedad vio una de sus mejores épocas en manos de la Compañía de Jesús, que la puso a trabajar con éxito. En casi ochenta años la hacienda aumentó su extensión de 2,683 a 9,789 hectáreas. Durante la administración de los jesuitas fueron construidos el edificio principal y la capilla; llegó a ser tan próspera que fue reconocida como una de las haciendas cerealeras más productivas del siglo XVIII.

El centenario conflicto entre el poder del estado y de la iglesia terminó con el paraíso jesuita de Chapingo. Tras el decreto de expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios españoles, la hacienda fue expropiada por la corona y puesta en manos de un particular en 1777. A lo largo de los siguientes cien años la ocuparon diversas familias.

Los cambios de propietario no afectaron la belleza del inmueble. La casa principal era sólida y espaciosa, construida de mampostería. En la planta alta se encontraban las habitaciones de la familia, cuyas ventanas estaban orientadas hacia un amplio jardín donde los jesuitas habían edificado la capilla con un cuarto que hacía las veces de sacristía. Un sacerdote visitaba regularmente la hacienda y oficiaba misa para la familia que la habitaba.

Desde la estancia se alcanzaban a ver los sembradíos: trigo, maíz, magueyes. La hacienda contaba con otra casa, de menor tamaño, donde vivía el mayordomo, y un conjunto de cuartos (casillas) para la peonada. Además, disponía de los elementos básicos de una hacienda agrícola: caballerizas, cochera, pajar, corral, gallinero, troje, bodega de aperos, cocina y despensa, cuarto para carbón.

En 1884 el todavía presidente de la república, Manuel González, compró la propiedad. Había estado en ella en una de tantas campañas militares en que participó y desde el primer momento quedó prendado. Chapingo no pudo caer en mejores manos, el general le dedicó tiempo, dinero y esfuerzo. Si con los jesuitas la vida de la hacienda había alcanzado alturas insospechadas, bajo la administración de González superó cualquier expectativa.

El compadre González.

Lo llamaban el Manco. Su audacia --muchas veces irresponsable-- lo llevó a ser herido al menos en diecisiete ocasiones. Las cicatrices de su cuerpo mostraban los vestigios de balas y metralla. Una marca permanente en su rostro daba testimonio de la caricia recibida por la afilada hoja de un sable. Sin embargo a la hora del combate nunca se arredró. Manuel González era un hombre hecho para la guerra.

No hubo conflicto armado en el cual no estuviera inmiscuido y siempre tuvo la fortuna de su lado. Durante la guerra contra la intervención y el imperio (1862-1867) su destino coincidió con el de otro hombre de armas cuya carrera iba en franco ascenso: Porfirio Díaz. El general oaxaqueño quedó gratamente impresionado por las dotes de buen jinete que mostraba González y lo incorporó a sus filas. En poco tiempo era el jefe de su estado mayor.

A partir de entonces los dos hombres forjaron una estrecha amistad sellada con un promisorio compadrazgo. Durante el asalto republicano a la ciudad de Puebla --2 de abril de 1867--, don Manuel perdió el brazo derecho. Nueve años después, su oportuna intervención en la batalla de Tecoac le abrió las puertas de la presidencia a Porfirio Díaz y, herido en el muñón, Díaz le agradeció el gesto entregándole el ministerio de Guerra y en 1880 la Presidencia de la república.

“Se sobreponía en él --escribió Justo Sierra-- no sé qué espíritu de aventura y de conquista que llevaba incorporado en su sangre española y que se había fomentado en más de veinte años de incesante brega militar en que había derrochado su sangre y su bravura. El general González es un ejemplar de atavismo: así debieron ser los compañeros de Cortés; física y moralmente así. De temple heroico, capaces de altas acciones y de concupiscencias soberbias, lo que habían conquistado era suyo y se erizaban altivos y sañudos ante el monarca, para disputar su derecho y el precio de su sangre. El presidente creía haber conquistado a ese precio, en los campos de Tecoac, el puesto en que se hallaba; era suyo y lo explotaba a su guisa”.

Y aunque su elección como jefe del poder ejecutivo se verificó guardando todas las formas constitucionales, en la mentalidad del guerrero tamaulipeco el poder era una más de sus conquistas; otra plaza tomada luego del asedio, una batalla ganada. Su administración fue un desastre, agravada en gran medida por los ataques infundados de sus enemigos, azuzados por su propio compadre Díaz para evitar que le tomara gusto a la Presidencia. Sin embargo, entre dimes y diretes, González aprovechó el cargo para amasar una buena fortuna. A unos meses de entregar la Presidencia, el general compró las casi 13 mil hectáreas que conformaban entonces la hacienda de Chapingo.

Al ojo del amo.

Desde su cargo de presidente de la república el general dispuso de todos los recursos e influencias para introducir mejoras y desarrollar la producción de su nueva hacienda. Siguió al pie de la letra el viejo dicho “el ojo del amo engorda al caballo” y estuvo pendiente de cada operación de Chapingo.

La producción se anotaba semanalmente en libros de contabilidad que registraban entradas y salidas de dinero, cereales, semillas y ganado. La hacienda producía trigo y maíz y además cebada y alfalfa para sus propios animales. Las mayores entradas económicas provenían de la venta de madera y ganado fino y de la comercialización de leche y pulque en la ciudad de México.

Para impulsar la producción don Manuel introdujo la maquinaria en su momento más moderna para barbechar, sembrar y desgranar cereales. Por si fuera poco, desde una de las vías férreas que comunicaban a la ciudad de México construyó un ramal que llegaba directamente a su hacienda; de esa forma, cuando invitaba a familiares, amigos o ciertas mujeres, los trasladaba cómodamente a bordo del ferrocarril. Con ayuda del arquitecto Rivas Mercado proyectó un conducto que llevara agua del pueblo de Chimalhuacán a su hacienda.

Era metódico y disciplinado en la administración --como no lo fue en la Presidencia-- y tenía la última palabra en cualquier asunto relacionado con Chapingo: negociaciones, mejoras y reformas, compra y venta, llamadas de atención a los peones. Para evitar que el administrador le tomara gusto a las grandes sumas de dinero que ingresaban, nunca le permitió tocar el efectivo; un hombre de toda su confianza recogía el dinero y el administrador recibía exclusivamente lo de la raya, algo para las mejoras materiales y su sueldo.

En 1885, una vez fuera de la Presidencia, le escribían desde su hacienda: “... las caballerizas están en obra, faltando los derramaderos; se derribó el portal de la tienda para franquear el paso a la vía férrea, obra que servirá para resguardar el vagón de la intemperie, se ha construido el bordo de la tabla de la Teja y pronto se le echará agua para abonar la tierra. La máquina desgranadora de maíz funciona muy bien, de manera que desgrana y saca perfectamente limpias 200 cargas de maíz diarias”.

Aunque González se hizo de muchas otras propiedades, Chapingo fue, con mucho, su hacienda preferida. No sólo por las ganancias económicas que le reportaba, sino por el espacio de intimidad que encontraba entre sus linderos. Durante los últimos meses de la Presidencia no había fin de semana en que no se presentara para distraerse de sus ocupaciones. Divorciado y vuelto a casar, dejaba a su nueva esposa en la ciudad de México y marchaba a Chapingo, como ante los hacía a los campos de batalla, para coronar en su hacienda las últimas conquistas.

La circasiana.

Decían las malas lenguas que a raíz de la pérdida de su brazo don Manuel había desarrollado un desenfrenado apetito sexual, y para saciar sus más bajas pasiones mandó construir en Palacio Nacional una habitación contigua al jardín --con una puerta secreta que daba a la calle-- por la que desfilaban decenas de mujeres dispuestas a entregarse al juego del poder, la seducción y el sexo.

Con el tiempo el general ya no encontró satisfacción en las mujeres mexicanas. Escuchó entonces una historia que parecía surgida de la mitología. Se hablaba de unas mujeres que habitaban en Circasia, región caucásica de Rusia, que transpiraban pasión y sensualidad y cuya mayor virtud era la magia sexual que poseían. Nada había comparable en el mundo a una noche de pasión con una circasiana. El máximo placer jamás imaginado corría por las yemas de sus dedos, por su curvada cintura, por sus pechos firmes y sus amplias caderas amplias, por su aroma convertido en elixir de amor.

Ni tardo ni perezoso, don Manuel hizo los arreglos convenientes, envió por una de aquellas míticas mujeres y puso la hacienda de Chapingo a su entera disposición. Durante algún tiempo la misteriosa dama, a quien todos conocían como “la circasiana”, fue ama y señora de la hacienda. Se paseaba por los jardines, caminaba por los corredores, era como una visión dentro de la hacienda, como un fantasma. Nadie se acercaba a ella y dejaba a su paso una estela de misterio. Cuando la visitaba el general, el tiempo y su vida dejaban de tener sentido. Tal fue su fascinación por aquella mujer, que el general ordenó la construcción de una fuente morisca conocida con el tiempo como “de las circasianas”, para dejar testimonio de que en sus brazos llegó a conocer la gloria.

* * *

El administrador ordenó a los peones que abrieran el portón de la hacienda. A lo lejos se levantaba una nube de polvo. El carruaje tirado por cuatro caballos avanzaba rápidamente. En la casa principal todo estaba listo. La habitación más grande --la del general-- fue vestida de luces para tan importante ocasión. Nadie sabía a ciencia cierta quién venía a bordo del coche, pero no quedaba lugar a dudas de su importancia. El propio general se había encargado de supervisar hasta el último detalle.

Tuvo ella que alzar ligeramente su vestido para descender del carruaje, lo suficiente para mostrar su firme y bien torneada pantorrilla, que arrancó un suspiro a los presentes. El administrador, el caporal y algunos peones quedaron impresionados por la sensualidad de la joven mujer y no pudieron evitar pensamientos pecaminosos.

Sus ojos claros brillaban con intensidad. Miraba con inocente coquetería iluminando todo a su alrededor. La suave y blanca piel asomaba discretamente por el escote y así incitaba a la más desenfrenada pasión. El andar cadencioso era seguido por el aroma de un cuerpo perfecto, que colmaba el espacio. Esa mujer hubiera hecho pecar a la corte celestial.

El sol caía en el horizonte y la misteriosa dama apenas pudo percatarse de la belleza de la hacienda de Chapingo, su nueva morada. La casa principal, en el más puro estilo clásico, había sido remodelada por instrucciones del general. Entre las novedades se contaban dos pararrayos, uno en el reloj y otro en las torres de la capilla. Su dueño no escatimó gastos y compró tres arbotantes eléctricos que funcionaban con una dinamo e iluminaban la entrada principal de la casa -cuando la electricidad apenas comenzaba a utilizarse en las principales ciudades del país.

El color de la fachada seguramente evocó en la atractiva mujer su vida en Europa. Era un verde brillante --según los cánones de la moda arquitectónica en el viejo mundo-- logrado con pinturas mandadas traer por el conocido arquitecto Antonio Rivas Mercado, quien estaba a cargo de la remodelación y decoración interior de la casa. A él se debía también la colocación de losas de Guanajuato en el piso de la capilla, el corredor y el frente de la casa.

La seductora dama entró sin decir palabra --tiempo tendría para admirar en detalle la hacienda-- y fue conducida a los aposentos del general. Tenía a su disposición todas las comodidades y podía permanecer en ellos sin sufrir privación; en el interior había bandejas con fruta, bocadillos, jarras de agua, pulque y vino. Bastaba el toque de una pequeña campana para que los sirvientes recogieran las sobras y colocaran nuevos alimentos. No necesitaba salir de la habitación, su única obligación era esperar a su amante, don Manuel González, el presidente de la república.

 


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